Lo que significa viajar para mí (antes y ahora)

Viajar se convirtió en parte de mí desde el momento en que subí a un avión por primera vez, a los 21 años. Aún recuerdo la mezcla de emoción y miedo la noche antes de aquel vuelo temprano a Londres junto a mi mejor amigo. Éramos jóvenes, teníamos poco dinero y muchas ganas de mundo. No lo cambiaría por nada.

En cuanto despegó el avión, supe dos cosas:
odiaba volar
y no quería dejar de viajar.

El primer vuelo. El inicio de todo, aunque aún no lo supiera.

Durante años viajé por España, Europa y Estados Unidos. Visité ciudades impresionantes y lugares icónicos, pero los viajes que realmente se quedaron conmigo fueron los del Caribe. Allí algo cambió.

Ahí entendí que viajar también podía ser pausa y escucha.



Viajar dejó de ser una lista y empezó a ser conexión: con personas, culturas, ritmos y formas de vivir diferentes a la mía.

Ahí nació un deseo que todavía me acompaña: experimentar y promover una forma de viajar más consciente, más justa y más humana. Una en la que las comunidades locales no solo se vean, sino que se escuchen y se respeten.

Maternidad, movimiento y viaje lento

Cuando me quedé embarazada a los 27, sentí una mezcla de alegría y miedo. Pensé que tendría que renunciar a una de mis mayores pasiones pero estaba equivocada.

Viajar ya no era solo mío.

Viajar cambió, sí. Se volvió más lento, más complejo… y también más profundo. Viajar con mi hijo me obligó a adaptarme a su ritmo y, al hacerlo, el mío también se desaceleró. Empecé a notar los detalles, a respirar más hondo y a valorar los entretiempos.

Llevarlo al Caribe siendo tan pequeño fue especialmente significativo. Parte de sus raíces están allí y verlo rodeado de personas que se parecían a él me llenó el corazón de una forma difícil de explicar.

Con el tiempo entendí algo importante: viajar con un niño no me quitó libertad, me dio presencia. Y, sin buscarlo, encontré a mi compañero de viaje perfecto.

Viajar con conciencia y propósito

Con los años, las rutas también crecieron. Marruecos, Senegal, Gambia. Viajes largos, carreteras, esperas, imprevistos. Momentos incómodos y momentos profundamente humanos.

Compartir lo cotidiano es una forma de encuentro.

Muchas personas me dicen que soy valiente por viajar como madre soltera. Yo lo vivo de otra forma: viajo para crear recuerdos, para ofrecerle a mi hijo la posibilidad de aprender a través de personas, paisajes, culturas y realidades distintas a la nuestra.

Viajar, para mí, dejó de ser una forma de escapar y se convirtió en un espejo. Me muestra lo que aún cargo y lo que estoy aprendiendo a soltar.

Me enseña a:

  • desacelerar
  • sostener la incertidumbre
  • observar sin expectativas
  • escuchar con más humildad

Viajar también es un acto de responsabilidad. Intento apoyar negocios locales, alojarme en espacios que fortalezcan a las comunidades que me reciben y acercarme a otras realidades sin juzgar ni corregir.

Desde que soy madre de un niño mestizo, viajar también es una cuestión de identidad. No impongo respuestas, pero sí abro espacios para que pueda descubrir quién es, de dónde viene y por qué todo eso importa.

La identidad no se hereda en silencio: se nombra, se cuida y se celebra.

Hoy viajar significa algo muy distinto a lo que significaba a los 21.
Ya no es solo libertad.

No es escapar. Es quedarme en mí, incluso lejos de casa.


Es conexión, presencia y aprendizaje.
Es caminar despacio al atardecer, una conversación inesperada, una mirada compartida con alguien que no habla el mismo idioma.

No sabía qué buscaba. Solo sabía que quería caminar.

Y sí, todavía odio volar.
Pero sigo eligiendo viajar.
Ahora lo hago con propósito, con presencia y con amor.

Y eso lo cambia todo.

Este momento es la razón por la que sigo viajando.

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